LA VISIÓN NORMAL DEL ARTE III: PATRÓN Y ARTISTA

LA VISIÓN NORMAL DEL ARTE
POR ANANDA K. COOMARASWAMY

TERCERA PARTE: PATRÓN Y ARTISTA

El hombre es un patrón en la medida en que se encarga a sí mismo o encarga a otros que le proporcionen lo que considera como necesario para la vida. Él se dice a sí mismo o a un vecino, «estoy necesitado de cobijo para mí mismo y mis tres hijos»; el artista en él, o como otro hombre, responde, «ya veo, lo que usted necesita es una casa, con tantas habitaciones, etc.»; la imagen toma figura en su mente, y, como un profesional, él sabe donde encontrar los materiales necesarios y cómo llevar a cabo la obra de construcción. O el patrón reflexiona, «necesito un soporte para la contemplación, para usarlo en mis devociones»; a lo que el artista responde, «ya veo, usted quiere decir un icono; puedo hacerle a usted un Crucifijo o una Madonna por tal o cual precio». Al aceptar el encargo, el artista asume la responsabilidad de satisfacer las necesidades del patrón. Si el artista tiene obras ya hechas, el principio permanece el mismo, con sólo esta diferencia, que el patrón cuyas necesidades han sido anticipadas, entra en el mercado post factum. En cualquier caso, el fin general del arte es el hombre, y el de cada producto, la satisfacción de una necesidad particular. La causa de la manufactura es siempre ocasional. La manufactura es para el uso.

¿Qué es lo necesario para la vida? La respuesta diferirá según la naturaleza de la criatura considerada. El acceso libre al cubo de la basura puede ser suficiente para un cerdo, pero todavía es aceptado por algunos que «no sólo de pan vive el hombre», sino que tiene también necesidades espirituales e intelectuales, si ha de vivir como un hombre y no meramente como un animal. El hombre todavía requiere, pese a que pueda serle negado, una casa vistosa y confortable. No podemos señalar a ningún pueblo «incivilizado», pasado o presente, sino sólo a nosotros mismos, como practicando dos tipos diferentes de manufactura, una sólo para el uso y la otra sólo por el significado. La distinción entre un arte fino o inútil y un arte aplicado y útil ha sido establecida de hecho sólo por nosotros mismos y en el periodo final de los periodos clásicos. Lo que también es peculiar a estos periodos, y especialmente al presente día, es la asumición asociada de que deben existir dos clases de hombres correspondientes, clases que consisten respectivamente en los que suplen las necesidades intelectuales del patrón, y en los que cubren sus necesidades materiales, en otras palabras, clases de artistas y clases de trabajadores.

Aquí no podemos examinar ampliamente las implicaciones morales de este modelo social, excepto para recordar la frase de Ruskin de que «La industria sin arte es brutalidad», y para señalar que nada de este tipo estaba implícito en la organización de las sociedades basadas en la casta y en la vocación, donde, como dice Platón «se hace más, y mejor y con la mayor facilidad, cuando cada uno hace sólo una cosa, acorde con su genio, y esto es la justicia para cada hombre en sí mismo».

Consideraremos sólo el efecto de estas condiciones en el patrón, ya sea el hombre de la calle, o cualquier persona cultivada tal como nosotros mismos, de quienes se supone que somos amantes del arte y devotos de las cosas más elevadas de la vida. ¿Qué ha ganado o perdido el hombre por la separación entre el arte fino y el arte aplicado, entre el artista y el trabajador? ¿Qué resulta de la asignación de una amplia clase de hombres a un trabajo sin significado, y de la autoasignación de otra clase más pequeña a la producción de los medios para la contemplación estética? Al asumir que el trabajo es un mal en sí mismo, y que las cosas más elevadas de la vida solo pueden cultivarse en las horas de ocio, al asumir que todos los dispositivos que ahorran trabajo son bendiciones disfrazadas, ¿qué ha perdido o ganado el cliente (y todos los hombres son clientes)? Si los músicos de un genio especial pueden ser escuchados en la sala de conciertos o en la radio, ¿es esto, hablando en términos humanos, una compensación adecuada para el hecho de que esos hombres ya no pueden cantar en sus trabajos, ni por la defunción del fidulista del pueblo? ¿Son suficientes las Sociedades de Artes y Oficios? ¿Son una compensación suficiente los museos, el estudio del arte en las universidades, y toda nuestra literatura sobre arte y estética para la falta de valores intelectuales en nuestro entorno de cada día? ¿Cómo será juzgada la civilización de hoy día por sus restos materiales? ¿Es nuestra civilización admirada y amada, o temida y odiada por los pueblos supervivientes del mundo cuyos órdenes sociales y artes domésticas todavía no han sido completamente desorganizados? Supongamos que nuestro gusto ha sido bien educado, y que necesitamos una alfombra. Descubriremos que tenemos dos alternativas, a saber, o bien comprar una alfombra oriental o una alfombra de nudo antiguas, o bien contentarse con una industrial estampada. En otras palabras, lo mejor que podemos hacer en un producto contemporáneo es un negativo excelente, algo de lo cual podemos decir que es inofensivo, o inadvertido, tan cerca como es posible de una pieza de material plano, no modificado por ninguna significación. Ocurre igualmente con el mobiliario; obtendremos una antigüedad si podemos permitírnoslo, o si no, una buena imitación de alguna. Nuestro vecino el artesano no tiene nada suyo ni nada nuestro propio que ofrecernos; su modo de ganarse la vida es o bien imitar antigüedades, o agregar ornamentos hechos a máquina a objetos que podrían haber sido tolerables como meras utilidades. Juzgado por nuestras producciones, el mundo moderno podría llegar a pensarse como habiendo sido confortable, pero también como singularmente ininteligible e inexpresivo. A nosotros no se nos ocurre pensar que los objetos que ahora conservamos en los museos fueron una vez objetos comunes en el mercado, y que podían comprarse a precios razonables.

A nosotros tampoco se nos ocurre que los hombres que los hicieron podrían haber sido a la vez compañeros y miembros de la sociedad más felices y más inteligentes que aquellos a quienes ahora procuramos educar en sus horas de ocio forzoso, cuando son suficientemente afortunados como para estar fuera del trabajo y tener oportunidad para la cultura. Yo mismo he tenido la ocasión de emplear a artesanos hereditarios en Ceilán, cuyos antepasados habían sido arquitectos, pintores y carpinteros por generaciones inmemoriales, hombres tales como a los trabajadores «libres» del acero y de las minas de América se les enseña a que los consideren como las víctimas del sistema de castas. Por un salario diario había que hacer ciertas cosas, hasta que se hizo todo el trabajo. Su vocación era hasta tal punto una parte de sus verdaderas vidas, que insistían en trabajar no sólo todo el día sino también de noche a la luz de las velas, a pesar del hecho de que al hacerlo así perdían dinero. Lo que hicieron está ahora en un museo.

Que la civilización como nosotros la concebimos destruye los valores estéticos mucho más rápidamente de lo que posiblemente pueda crearlos, y priva al cliente de mucho más de lo que le da, podría demostrarse con la amplitud que se requiera. Y apenas puede sorprender el hecho de que Platón, que vivió en un mundo todavía fundamentalmente normal, hubiera sido, como lo expresó el Profesor MacMahon «activamente hostil a todo lo que nosotros entendemos por arte»; a lo cual nosotros podemos agregar, ciertamente, «activamente hostil a casi todo lo que nosotros entendemos ahora por civilización».

Para resumir lo que se ha dicho del artista y el patrón: mientras que en los tiempos del Pre-Renacimiento al hacedor de cosas se le llamaba un artifex, «un hacedor de cosas por arte», en los tiempos del Post-Renacimiento tanto el hombre como su nombre han sido cortados por la mitad, de manera que por una parte tenemos al artista que trabaja en un estudio, y por otra a los trabajadores en una fábrica. Como lo expreso Eric Gill, «Es como si dijéramos: la mano de obra de la factoría no tendrá mente (salvo cuando no está trabajando), pero el hombre especial, el hombre a quien llamamos artista, no tendrá nada más que mente». De esta manera ambas mitades del hombre están privadas de toda analogía con una perfección divina, la cual, como todas las tradiciones están de acuerdo, es la perfección de una única esencia y una doble naturaleza, a la vez contemplativa y efectiva.