Música tradicional hôgaku en Japón

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El término hôgaku engloba las variedades musicales de Japón antes de la era Meiji (1868-1912) y aquellas que todavía hoy siguen interpretándose. Aunque hay evidencias arqueológicas y documentos chinos que testimonian la existencia de música en Japón ya en el siglo III antes de Cristo, la historia de la música tradicional japonesa suele arrancar del período Nara (710-794), momento en el que la música japonesa hunde sus raíces en la música budista y las tradiciones de la dinastía china de los Tang (618-907).

Desarrollo histórico

El budismo se convirtió en la religión oficial hacia el siglo VI y sus sonidos, así como sus teorías musicales, lo acompañaron. El gran dinamismo internacional de Asia entre los siglos VII y X hizo que llegaran a Japón influencias no sólo desde las cortes y monasterios chinos y coreanos, sino también desde el sur y sudeste de Asia. El hecho de que Japón esté situado al final de esta cadena de transmisión ha hecho que muchas tradiciones importadas hayan perdurado en el archipiélago mucho tiempo después de desaparecer en sus lugares de origen.

Aunque las antiguas tradiciones musicales de Japón han tenido continuidad hasta los tiempos modernos, cada período ha introducido aquellas innovaciones de estilo que mejor han encajado con los gustos y las necesidades de la sociedad del momento. Las melodías más antiguas que se conservan son música y danzas sintoístas denominadas genéricamente como kagura. Los repertorios instrumentales y de danza de la corte se denominaron genéricamente gagaku (‘música elegante’). En la interpretación de esta música, generalmente lenta y solemne, intervienen instrumentos de viento (hichiriki, ryûteki, koma-bue y shô ) y de percusión (taiko, o gran tambor, kakko, o tamboril, san no tsuzumi, o tambor de percusión lateral, shôko, o pequeño gong). Dentro de este género, se denomina bugaku la que va acompañada de algún tipo de danza dramática.

El gagaku dominó el panorama musical durante los períodos Nara (710-794) y Heian (794-1185). También es muy antiguo el canto o recitación shômyô, con que se entonan los sutras budistas, y el llamado rôei, que se utilizaba para recitar antiguos poemas chinos, y posteriormente japoneses. A finales del siglo XII, en un momento dominado por el poder militar, la música asociada al teatro fue la que se hizo más popular. La biwa, una especie de laúd, se convirtió en el instrumento ideal de acompañamiento, ya fuera para ser tocado por los monjes itinerantes o por los narradores que recitaban historias por los pueblos. El koto, o arpa horizontal, de trece cuerdas, es uno de los instrumentos que tanto solo como en música de cámara, continuó su desarrollo a lo largo del siglo XVI, principalmente en las residencias de las clases altas y en los templos. En el siglo XVII se compusieron piezas de koto innovadoras, la mayoría pertenecientes a la escuela Ikuta. En la centuria siguiente siguió enriqueciéndose el repertorio gracias a la recién fundada escuela Yamada. Ambas escuelas gozan de continuidad en el presente, y, tanto en solitario como en música de cámara, sus piezas son identificadas por la mayoría de los japoneses como “música clásica”.

El shakuhachi (flauta de bambú) siguió una evolución similar, y es el shamisen, especie de laúd de tres cuerdas, el que mejor representó los nuevos estilos musicales y la nueva audiencia desde el siglo XVI al siglo XIX. Así el teatro de marionetas, bunraku, acompañaba su canto y narración con la melodía del shamisen. El crecimiento económico que tuvo lugar durante estos siglos de paz hizo que surgieran recitales de música y danza en los que se interpretaban las piezas independientemente de las representaciones teatrales.

Tanto el nô, con su utai o texto cantado, como el bunraku y el kabuki, contribuyeron al desarrollo de la música como apoyo de la acción escénica. En grandes líneas, esta música tradicional cantada, cuya cumbre y popularización tuvo lugar durante el período Edo (1600-1868), suele clasificarse en utamono (en que la música es más relevante que el relato) y katarimono (el texto hablado es protagonista, y la música se limita a seguirlo). Entre los géneros más importantes de utamono están: nagauta, utazawa, kumiuta, jiuta, hauta y el popularísimo kouta. Con relación al katarimono, su ejemplo más característico es el llamado jôruri. La música occidental irrumpió con fuerza en Japón durante el período Meiji (1868-1912) y data de 1915 la organización de la primera orquesta sinfónica japonesa.

Características musicales

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Aunque las tradiciones musicales de Japón y los países occidentales hunden sus raíces en el tiempo, sus tradiciones tienen bases teóricas muy distintas. La música tradicional se basa en varios tipos de escala pentatónica y presenta una cierta afinidad con las de China, Corea, Manchuria e India. La música japonesa y la de Asia Oriental en general está orientada hacia la palabra, es decir va acompañada de un texto. Con respecto a la música instrumental destaca sobremanera la diferencia existente con la música de orquesta occidental, en la que todos los instrumentos se combinan para crear una experiencia de sonido única, y la japonesa, en la que cada instrumento se combina de manera que los sonidos no lleguen a fundirse unos con otros.

Otro rasgo destacable es la carencia general de interés en el tipo unidades de sonido vertical, conocido en Occidente como acordes o armonía. Dos factores reemplazan cualquier necesidad de acordes. Uno es la cuidada utilización de tonos centrales para cambiar el sistema de tonos que se utilizan como puntos de resolución de tonos altos y bajos. Y el otro es el ritmo. Si en la actuación tan sólo participan un vocalista y un instrumento acompañante, rara vez coinciden las entradas. Esto responde a dos necesidades: permite al espectador oír el texto entre los sonidos y crea una tensión que se resuelve en la cadencia. Si como en el caso del teatro nô y kabuki se acompaña de la percusión, aparece otro concepto importante como son los patrones rítmicos que aportan un sentido de progresión en el tiempo. La mayor parte de la música clásica japonesa tiene como objetivo, al igual que ocurre en otras artes, crear el máximo efecto, reduciendo al mínimo los recursos.